lunes, 11 de agosto de 2008

Ciudad de Cristal, de Paul Auster, y una declaración de propósito, por el mismo precio.



Es quizás un sacrilegio comentar sobre un libro de Auster sin haber leído 5 o 6 más (hoy en día abundan los devoradores de libros firmados por Auster) pero es un riesgo que correré gustoso, pues las reseñas son un ejercicio en mi propio beneficio, más que una labor social de recomendación bibliográfica.
Varios amigos, brillantes todos ellos, me han externado su preocupación sobre el rumbo y la intención de este, mi tercer blog. Les respondí la verdad: escribo sobre libros y cosas varias de las que estoy llenando mi vida últimamente. Escribo para saber lo que pienso de ellas; es extraño, pero en lo personal, nunca sé lo que realmente me provoca un libro hasta que hablo o escribo sobre él. Muchas veces ocurre, desgraciadamente, que no tengo ideas claras ni distintas de lo que leí, escuché, presencié o soñe. Podría platicar mis preocupaciones con personas, pero desde hace algunos meses, la gente y mi felicidad no se llevan tan bien como quisiera. Por eso la opción que me queda es escribir.
La primera de las novelas que componen la Trilogía de Nueva York, Ciudad de Cristal es la historia de un hombre que no resiste el impulso de hacerse pasar por un escritor al que obligan a hacerla de detective. El autor, en venganza, escribirá la senda de su perdición.
¿Qué harías si alguien llamara de madrugada a tu casa y te preguntara si eres Israel González? Y que, además, dijera que le es urgente reunirse contigo, pues de eso depende la vida de una persona. Seguramente colgarías dejando escapar una grosería de tu boca arrullada por la saliva y el sueño. Pero si el impertinente insistiera día tras día, y eres uno de esos taciturnos que siempre buscan una ventana abierta para arrojarse, aceptarías el sobrenombre que es mi nombre y te lanzarías a la aventura.
Conocerías a una mujer hermosa que te besaría en el cuarto contiguo al de su esposo, quien tiene retraso mental (en serio, clínicamente) y necesita de cuidados especiales y prostitutas para sobrevivir. Cuando las cosas se salieran de control (el cóctel de mujeres, discapacitados e impostores casi siempre desborda los ríos) irías a buscar a Israel González, quien trae puesta una playera estampada con Eddie The Head vestido de charro, come danoninos de fresa y escribe posts para un blog sin lectores. "¡Este sujeto no puede ser la solución a ningún problema, mucho menos a uno tan grande como el que tengo en las manos!", pensarías, y tendrías razón, pero él tiene la pluma. El escritor puede demoler la torre de babel de sus personajes cuando éstos se están volviendo demasiado listos.
Se han referido al libro como ".. un conjunto de cajas chinas, una dentro de otra, o de espejos frente a espejos.". Yo digo que no siempre estoy de humor para las críticas pretenciosas, esos engendros parasitarios de obras literarias que nacen como niños deformes, como ensayos sin cerebro o como poemas sin corazón. Yo digo que Auster no debería ser el pretexto para que alguien mostrara su cuidadosa lectura de Borges. Así que ignoremos las putas cajas chinas por hoy.
Auster aparece visto desde fuera en la novela, como personaje secundario (cosa que también dice el crítico al que tan injustamente vitupero en el párrafo anterior). Tenemos la oportunidad de conocer, en el protagonista, el proceso de autodestrucción de un hombre que moría lentamente , envenenándose con dosis mínimas de rutina, comodidad y sosiego.
Los escritores son todos sus personajes; en algún momento, en algún sueño, en algún deseo reprimido o cumplido a escondidas. Eso no los hace a todos merecedores de una historia. Pero a los de Auster, definitivamente sí.

martes, 29 de julio de 2008

Sobre "Esperando a los bárbaros" de J.M. Coetzee


He leído este libro y lo he dejado reposar en mi imperfecta memoria durante algunos días. Aún no sé lo que he leído, pero sé que me ha gustado. La crítica dice que es una denuncia de la imbecilidad del poder imperial cuando ya no es sino fuerza bruta expansionista. En esta visión, el narrador y protagonista es un magistrado que representa el espíritu humanitario con las intensas implicaciones, además, de la palabra "humanista". En sus momentos de mayor lucidez y molicie, sus razonamientos y convicciones en pro de los buenos salvajes del norte delatan a los soldados imperiales como los verdaderos bárbaros (y esta es la sensación que el lector mantiene hasta que termina la obra). Cuando cae preso por ir a devolver a una mujer indígena con su pueblo bárbaro, por un extraño sentido erótico o paternal (una mezcla de ambos es lo que lo hace necesitar a la muchacha y nunca penetrarla), sus compatriotas ingleses lo torturan y mientras cede la carne, cede el tono civilizatorio en sus palabras, en sus modales y en sus pensamientos.
Creo que es también la historia del amor narcisista de un corazón noble pero aburguesado, adormecido por aventuras sexuales cuya frivolidad garantiza, también, su comodidad. Cuando se encuentra con la "bárbara" ciega de pies deformes, que comenzará su derrumbe, se esfuerza por comunicar algo para lo que ella, luego de la tortura previa, está imposibilitada. Es una historia de frustración por tratar de entender y hacerse entender, entre hombres que invaden y los que son invadidos, ninguno de ellos excento del germen de crueldad necesaria para matar y torturar por sus respectivas causas.
La brutalidad de la tortura, del amor nacido muerto, de los hombres abatidos por la desolación de un oasis que es también un desierto asesino, logran conmover y entristecer fácilmente a un lector cínico, como yo. Imagino que podrán hacer mucho más por un lector más inteligente y más sensible; así que lean esta novela.

lunes, 14 de julio de 2008

El Judas de Perutz





Los libros que nos recomiendan los autores canónicos son, por definición, excelentes. O no. Algunas recomendaciones son más difíciles de seguir que otras; en el caso de Borges (como bien dice Monterroso) lo primero que debemos averiguar es si el autor y el libro son reales o ficticios. Mis amigos y yo sacamos de él a un novelista, por entonces misterioso para nosotros: Leo Perutz.
Quizás lo que más llama la atención en sus novelas es la profunda inteligencia, verosimilitud y humor con que maneja el elemento fantástico, siempre sutil, siempre presente. Los acontecimientos más descabellados pueden explicarse, con algo de sentido común y fe en el caos, como una serie de conicidencias e infortunios. Con algo de paranoia, sí parece haber un destino, o un Dios como el del antiguo testamento, aunque con un sentido del humor torcido como diablo de pastorela. La tensión entre el realismo y la fantasía es permanente, nunca se resuelve del todo (por eso sus novelas no son como los cuentos del padre Brown, ni como las celebradas ñoñerías de García Márquez) y siempre queda un sabor a ironía grasienta, a que el mundo sigue girando indiferente a las tragedias de los personajes principales, secundarios y terciarios; "shit happens" es lo que parece decirnos esa armonía siniestra con la que todas las piezas del rompecabezas se acaban uniendo en sus argumentos. Todos estos atributos los podemos encontrar, de sobra, en "El maestro del juicio final", "El marqués de Bolibar" y "El caballero sueco". La última novela que leí de él, sin embargo, no me dejó tan satisfecho. Me refiero a "El judas de Leonardo" que también fue la última obra que publicó antes de morir. Contar el argumento equivale a sabotear una peícula afuera del cine (imagínense). Sólo les aconsejo: léanla, pero en cuarto o quinto lugar, cuando quieran leer a Perutz y ya hayan agotado lo demás y sólo les falte "¿A dónde vas, manzanita? y "De noche, bajo el puente de piedra".

jueves, 10 de julio de 2008

Sopa de pollo sin pollo. Tiempo de preparación: 2 siglos



Mi última lectura fue el excelente libro de Fernando Escalante, "A la sombra de los libros". Una de las ideas centrales consiste en evidenciar el hecho de que la incorporación de las editoriales a la industria del espectáculo ha modificado el tipo de libros que se editan, que se venden, que se ofrecen al público y, como corolario, el lugar que los libros ocupan en la vida pública. Se divide tajantemente entre lectores habituales y lectores ocasionales. El primer grupo es marginal, reducido, maniático e impredecible. Huelga decir que ninguna de estas características conviene a los grandes grupos editoriales, que buscan, como es natural, ventas masivas y rentabilidad de cada título. el segundo grupo casi no lee nunca; cuando lee, espera algo que le sea fácilmente comprensible. Una lectura que presuponga un sistema mínimo de referentes culturales está fuera de sus posibilidades. Lo malo es que el proceso se ha invertido. Ahora se busca un nombre suficientemente famoso (por razones que pueden tener que ver, o no, con la literatura, es lo de menos) como para firmar un libro y que la gente (el lector ocasional, el no lector) lo compre porque reconoce al autor, como una marca que le garantiza calidad en la mercancía.
Lo extraño es que esa manera de ser forma ya parte de nuestro sentido común. Cuando le comenté a un par de amigos mi intención de escribir un libro, uno de ellos me preguntó, entusiasmado: "¡Muy bien! ¿Y ya tienes quién te lo publique?". Lo primero que salta a la vista son las buenas intenciones de mi amigo, pues no quiere que el libro se quede como un engargolado eterno. Pero lo segundo, es lo natural de la pregunta; natural, insisto, porque ya forma parte de nuestra cosmovisión de la producción cultural y literaria, también de nuestro consumo. Pero es todo menos lógica. ¿Cómo podría interesarse una editorial por un libro que aún no se ha escrito? Si uno es de los pocos "consagrados", es bastante fácil. El nombre garantiza (teóricamente) que será un buen libro o, en todo caso, un libro que permita recuperar la inversión hecha en la edición más una importante utilidad para la empresa.
Me recuerda, en cierto sentido, a un contrato de compra de esperanza. Pago una suma fija por lo que resulte de tu cosecha de rábanos; puedo ganar (si es mejor de lo que paga esta suma previa convenida) o perder (si a tu cosecha se la lleva la chingada, o una inundación, igual recibiste el pago, de cualquier modo, tu venta está asegurada). Como dice el maestro Escalante, suena razonable, pero al trasladar este tipo de lenguaje a los libros, sentimos una especie de mal sabor de boca, de comezón moral. Así es.
Volvamos al punto. Lo interesante es la naturalidad con la que se espera que un libro que sólo tiene forma en la cabeza del autor tenga ya a alguien interesado, ya no digamos en leerlo, sino en editarlo y venderlo. El problema central de la globalización literaria es que, aunque aparentemente aumenta la oferta (ahora es más fácil y barato publicar, física o virtualmente, y este post es una muestra), la supercarretera de basura vuelve invisibles a casi todos, independientemente de la calidad, porque un libro sin un aparato publicitario detrás, y sin un lugar en la mesa de novedades, comercialmente, no nace vivo ni viable. No para la mayoría, y esa mayoría es la que dirige, democrática o lastimosamente, los criterios con que una editorial publica o rechaza un manuscrito. Tough luck. Les recomiendo el libro del maestro Escalante; no está en la mesa de novedades, así que busquen bien.

domingo, 29 de junio de 2008

Mientras agonizo (pero de ganas por una cerveza)



La final de la Eurocopa ha causado, si no demasiada expectación, sí bastante más que la lastimosa farsa de hace cuatro años. El sólo hecho de que Grecia hubiera llegado a una final jugando el fútbol pantanoso de un italiano sin corazón ni talento, ya era suficiente desgracia. Que ganara el trofeo que representa al soccer de mayor calidad en el mundo (sí, por encima del mundial, que es más una celebración de la representatividad global, e incluye, por esto, a países verdaderamente ahistóricos) fue como un chiste mal contado.
La batalla entre España y Alemania tiene mucha más dignidad, algo de historia, y algo de simbolismo para quienes vemos en los deportes algo de instintivo y nacionalista, y en estas dos características, la esencia que los hombres transmiten, quièranlo o no, a su progenie.
La selección alemana se ha caracterizado siempre por una mentalidad de hierro, una tenacidad física y psicológica que puede superar las condiciones más adversas. El equipo germano superó en dos finales de campeonato mundial, respectivamente, a la legendaria Hungría de Ferenc Puskas y a la gran Holanda de Johann Cruyff. Lo interesante es que ambos equipos habían propinado a Alemania (a esa misma Alemania) sendas goleadas en partidos anteriores a la disputa por el campeonato.
Pero los alemanes se crecen en el momento de la verdad (siempre y cuando no hablemos de guerras mundiales, pero esa es la excepción que pone a prueba la regla). Decir que España es la "furia roja" y que sentimentalmente merece ganar por que siempre que trae buen equipo se va a las regaderas temprano y que Alemania va a ganar, porque tiene más experiencia en finales y "qué caray, otra vez, nadie creía en ellos y ve, otra vez llegaron a la final" sería sumarme a una avalancha de lugares comunes bastante idiotas.
Mejor invito a quien lee a recordar el Guernica de Picasso, con el toro en el fondo incólume a la catástrofe, que representa ni más ni menos que la nación española, a quien no pueden doblegar las avasallantes derrotas ni los bombardeos más cobardes, y por otro lado, la manera en que los alemanes se las ingenian para hacer filosofía, máquinas confiables, tiernos juguetes de colección, y palabras que los vuelven interesantes, intrigantes, intraducibles. Todo mientras se regeneran de una o varias capitulaciones totales. Y también están los goles.
Si vemos un poco de lo anterior en ambos equipos, no me importa el marcador.

lunes, 23 de junio de 2008

Sobre Retrato de un joven malvado


La primera vez que me acerqué a este libro, tuve que botarlo a las quince páginas. Yo tenía 20 años, y este es un diario (supuesto diario, memorias prematuras, onanismo biográfico, no lo sé) que describe las vivencias y divagaciones del proceso de formación de Francisco Umbral como escritor. Es extraño que sus obras de madurez me hayan parecido mucho más accesibles, aunque este diario, cuando uno le ha agarrado el ritmo y el modo, es adictivo como una novela y lírico como un poema larguísimo.
De vez en cuando tuve la impresión de estar leyendo el mero fluir de conciencia del autor, que siempre peca (como diría un brillante amigo) de descuidado, de soberbio, porque no discrimina ideas, no escatima palabras y acaba repitiéndose. Dicen que un autor siempre se acaba repitiendo, pero lo ideal es que por lo menos no sea dentro del mismo libro.
Estoy siendo injusto con Umbral, magnificando los pecados veniales en una obra que, en su integridad, me parece llena de vida, de lenguaje lúdico y agudo, de reflexiones que hacen estremecer a cualquiera que haya soñado con la idea de ver su nombre en una portada. Y quizás esta devalorización injusta y arrogante es la mejor prueba de que el libro me dejó una marca. Por que así es Umbral. Su ironía se mezcla con un gusto por lo escatológico, por lo caótico y, paradójicamente, por el detalle. Cada cuando, este madrileño enojón e insolente rinde tributo con su propia prosa (no sé si voluntariamente), a los preciosistas que tanta risa le causan.
Al final, hay cosas que no creo olvidar en mucho tiempo, como que un autodidacta es un patán que ha leído el Quijote, que la literatura, por gratuita, se inscribe lejos de toda racionalidad saludable, que lo malo de las mujeres es que tienen historia y la cuentan, y que el domingo es el día de la semana donde le cambian el agua a la pecera de la vida y todos nos ahogamos en seco. Por si las dudas, lo escribo.