

Es quizás un sacrilegio comentar sobre un libro de Auster sin haber leído 5 o 6 más (hoy en día abundan los devoradores de libros firmados por Auster) pero es un riesgo que correré gustoso, pues las reseñas son un ejercicio en mi propio beneficio, más que una labor social de recomendación bibliográfica.
Varios amigos, brillantes todos ellos, me han externado su preocupación sobre el rumbo y la intención de este, mi tercer blog. Les respondí la verdad: escribo sobre libros y cosas varias de las que estoy llenando mi vida últimamente. Escribo para saber lo que pienso de ellas; es extraño, pero en lo personal, nunca sé lo que realmente me provoca un libro hasta que hablo o escribo sobre él. Muchas veces ocurre, desgraciadamente, que no tengo ideas claras ni distintas de lo que leí, escuché, presencié o soñe. Podría platicar mis preocupaciones con personas, pero desde hace algunos meses, la gente y mi felicidad no se llevan tan bien como quisiera. Por eso la opción que me queda es escribir.
La primera de las novelas que componen la Trilogía de Nueva York, Ciudad de Cristal es la historia de un hombre que no resiste el impulso de hacerse pasar por un escritor al que obligan a hacerla de detective. El autor, en venganza, escribirá la senda de su perdición.
¿Qué harías si alguien llamara de madrugada a tu casa y te preguntara si eres Israel González? Y que, además, dijera que le es urgente reunirse contigo, pues de eso depende la vida de una persona. Seguramente colgarías dejando escapar una grosería de tu boca arrullada por la saliva y el sueño. Pero si el impertinente insistiera día tras día, y eres uno de esos taciturnos que siempre buscan una ventana abierta para arrojarse, aceptarías el sobrenombre que es mi nombre y te lanzarías a la aventura.
Conocerías a una mujer hermosa que te besaría en el cuarto contiguo al de su esposo, quien tiene retraso mental (en serio, clínicamente) y necesita de cuidados especiales y prostitutas para sobrevivir. Cuando las cosas se salieran de control (el cóctel de mujeres, discapacitados e impostores casi siempre desborda los ríos) irías a buscar a Israel González, quien trae puesta una playera estampada con Eddie The Head vestido de charro, come danoninos de fresa y escribe posts para un blog sin lectores. "¡Este sujeto no puede ser la solución a ningún problema, mucho menos a uno tan grande como el que tengo en las manos!", pensarías, y tendrías razón, pero él tiene la pluma. El escritor puede demoler la torre de babel de sus personajes cuando éstos se están volviendo demasiado listos.
Se han referido al libro como ".. un conjunto de cajas chinas, una dentro de otra, o de espejos frente a espejos.". Yo digo que no siempre estoy de humor para las críticas pretenciosas, esos engendros parasitarios de obras literarias que nacen como niños deformes, como ensayos sin cerebro o como poemas sin corazón. Yo digo que Auster no debería ser el pretexto para que alguien mostrara su cuidadosa lectura de Borges. Así que ignoremos las putas cajas chinas por hoy.
Auster aparece visto desde fuera en la novela, como personaje secundario (cosa que también dice el crítico al que tan injustamente vitupero en el párrafo anterior). Tenemos la oportunidad de conocer, en el protagonista, el proceso de autodestrucción de un hombre que moría lentamente , envenenándose con dosis mínimas de rutina, comodidad y sosiego.
Los escritores son todos sus personajes; en algún momento, en algún sueño, en algún deseo reprimido o cumplido a escondidas. Eso no los hace a todos merecedores de una historia. Pero a los de Auster, definitivamente sí.
Varios amigos, brillantes todos ellos, me han externado su preocupación sobre el rumbo y la intención de este, mi tercer blog. Les respondí la verdad: escribo sobre libros y cosas varias de las que estoy llenando mi vida últimamente. Escribo para saber lo que pienso de ellas; es extraño, pero en lo personal, nunca sé lo que realmente me provoca un libro hasta que hablo o escribo sobre él. Muchas veces ocurre, desgraciadamente, que no tengo ideas claras ni distintas de lo que leí, escuché, presencié o soñe. Podría platicar mis preocupaciones con personas, pero desde hace algunos meses, la gente y mi felicidad no se llevan tan bien como quisiera. Por eso la opción que me queda es escribir.
La primera de las novelas que componen la Trilogía de Nueva York, Ciudad de Cristal es la historia de un hombre que no resiste el impulso de hacerse pasar por un escritor al que obligan a hacerla de detective. El autor, en venganza, escribirá la senda de su perdición.
¿Qué harías si alguien llamara de madrugada a tu casa y te preguntara si eres Israel González? Y que, además, dijera que le es urgente reunirse contigo, pues de eso depende la vida de una persona. Seguramente colgarías dejando escapar una grosería de tu boca arrullada por la saliva y el sueño. Pero si el impertinente insistiera día tras día, y eres uno de esos taciturnos que siempre buscan una ventana abierta para arrojarse, aceptarías el sobrenombre que es mi nombre y te lanzarías a la aventura.
Conocerías a una mujer hermosa que te besaría en el cuarto contiguo al de su esposo, quien tiene retraso mental (en serio, clínicamente) y necesita de cuidados especiales y prostitutas para sobrevivir. Cuando las cosas se salieran de control (el cóctel de mujeres, discapacitados e impostores casi siempre desborda los ríos) irías a buscar a Israel González, quien trae puesta una playera estampada con Eddie The Head vestido de charro, come danoninos de fresa y escribe posts para un blog sin lectores. "¡Este sujeto no puede ser la solución a ningún problema, mucho menos a uno tan grande como el que tengo en las manos!", pensarías, y tendrías razón, pero él tiene la pluma. El escritor puede demoler la torre de babel de sus personajes cuando éstos se están volviendo demasiado listos.
Se han referido al libro como ".. un conjunto de cajas chinas, una dentro de otra, o de espejos frente a espejos.". Yo digo que no siempre estoy de humor para las críticas pretenciosas, esos engendros parasitarios de obras literarias que nacen como niños deformes, como ensayos sin cerebro o como poemas sin corazón. Yo digo que Auster no debería ser el pretexto para que alguien mostrara su cuidadosa lectura de Borges. Así que ignoremos las putas cajas chinas por hoy.
Auster aparece visto desde fuera en la novela, como personaje secundario (cosa que también dice el crítico al que tan injustamente vitupero en el párrafo anterior). Tenemos la oportunidad de conocer, en el protagonista, el proceso de autodestrucción de un hombre que moría lentamente , envenenándose con dosis mínimas de rutina, comodidad y sosiego.
Los escritores son todos sus personajes; en algún momento, en algún sueño, en algún deseo reprimido o cumplido a escondidas. Eso no los hace a todos merecedores de una historia. Pero a los de Auster, definitivamente sí.
2 comentarios:
¡Acaba de leer la trilogía, chingado! En serio se complementa toda. Para que la comentes como el todo que es.
Otro más en la ya larga lista de dominios destruídos por Israel sin piedad. El multidomicida, deberían llamrle.
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