He leído este libro y lo he dejado reposar en mi imperfecta memoria durante algunos días. Aún no sé lo que he leído, pero sé que me ha gustado. La crítica dice que es una denuncia de la imbecilidad del poder imperial cuando ya no es sino fuerza bruta expansionista. En esta visión, el narrador y protagonista es un magistrado que representa el espíritu humanitario con las intensas implicaciones, además, de la palabra "humanista". En sus momentos de mayor lucidez y molicie, sus razonamientos y convicciones en pro de los buenos salvajes del norte delatan a los soldados imperiales como los verdaderos bárbaros (y esta es la sensación que el lector mantiene hasta que termina la obra). Cuando cae preso por ir a devolver a una mujer indígena con su pueblo bárbaro, por un extraño sentido erótico o paternal (una mezcla de ambos es lo que lo hace necesitar a la muchacha y nunca penetrarla), sus compatriotas ingleses lo torturan y mientras cede la carne, cede el tono civilizatorio en sus palabras, en sus modales y en sus pensamientos.
Creo que es también la historia del amor narcisista de un corazón noble pero aburguesado, adormecido por aventuras sexuales cuya frivolidad garantiza, también, su comodidad. Cuando se encuentra con la "bárbara" ciega de pies deformes, que comenzará su derrumbe, se esfuerza por comunicar algo para lo que ella, luego de la tortura previa, está imposibilitada. Es una historia de frustración por tratar de entender y hacerse entender, entre hombres que invaden y los que son invadidos, ninguno de ellos excento del germen de crueldad necesaria para matar y torturar por sus respectivas causas.
La brutalidad de la tortura, del amor nacido muerto, de los hombres abatidos por la desolación de un oasis que es también un desierto asesino, logran conmover y entristecer fácilmente a un lector cínico, como yo. Imagino que podrán hacer mucho más por un lector más inteligente y más sensible; así que lean esta novela.
martes, 29 de julio de 2008
lunes, 14 de julio de 2008
El Judas de Perutz


Los libros que nos recomiendan los autores canónicos son, por definición, excelentes. O no. Algunas recomendaciones son más difíciles de seguir que otras; en el caso de Borges (como bien dice Monterroso) lo primero que debemos averiguar es si el autor y el libro son reales o ficticios. Mis amigos y yo sacamos de él a un novelista, por entonces misterioso para nosotros: Leo Perutz.
Quizás lo que más llama la atención en sus novelas es la profunda inteligencia, verosimilitud y humor con que maneja el elemento fantástico, siempre sutil, siempre presente. Los acontecimientos más descabellados pueden explicarse, con algo de sentido común y fe en el caos, como una serie de conicidencias e infortunios. Con algo de paranoia, sí parece haber un destino, o un Dios como el del antiguo testamento, aunque con un sentido del humor torcido como diablo de pastorela. La tensión entre el realismo y la fantasía es permanente, nunca se resuelve del todo (por eso sus novelas no son como los cuentos del padre Brown, ni como las celebradas ñoñerías de García Márquez) y siempre queda un sabor a ironía grasienta, a que el mundo sigue girando indiferente a las tragedias de los personajes principales, secundarios y terciarios; "shit happens" es lo que parece decirnos esa armonía siniestra con la que todas las piezas del rompecabezas se acaban uniendo en sus argumentos. Todos estos atributos los podemos encontrar, de sobra, en "El maestro del juicio final", "El marqués de Bolibar" y "El caballero sueco". La última novela que leí de él, sin embargo, no me dejó tan satisfecho. Me refiero a "El judas de Leonardo" que también fue la última obra que publicó antes de morir. Contar el argumento equivale a sabotear una peícula afuera del cine (imagínense). Sólo les aconsejo: léanla, pero en cuarto o quinto lugar, cuando quieran leer a Perutz y ya hayan agotado lo demás y sólo les falte "¿A dónde vas, manzanita? y "De noche, bajo el puente de piedra".
Quizás lo que más llama la atención en sus novelas es la profunda inteligencia, verosimilitud y humor con que maneja el elemento fantástico, siempre sutil, siempre presente. Los acontecimientos más descabellados pueden explicarse, con algo de sentido común y fe en el caos, como una serie de conicidencias e infortunios. Con algo de paranoia, sí parece haber un destino, o un Dios como el del antiguo testamento, aunque con un sentido del humor torcido como diablo de pastorela. La tensión entre el realismo y la fantasía es permanente, nunca se resuelve del todo (por eso sus novelas no son como los cuentos del padre Brown, ni como las celebradas ñoñerías de García Márquez) y siempre queda un sabor a ironía grasienta, a que el mundo sigue girando indiferente a las tragedias de los personajes principales, secundarios y terciarios; "shit happens" es lo que parece decirnos esa armonía siniestra con la que todas las piezas del rompecabezas se acaban uniendo en sus argumentos. Todos estos atributos los podemos encontrar, de sobra, en "El maestro del juicio final", "El marqués de Bolibar" y "El caballero sueco". La última novela que leí de él, sin embargo, no me dejó tan satisfecho. Me refiero a "El judas de Leonardo" que también fue la última obra que publicó antes de morir. Contar el argumento equivale a sabotear una peícula afuera del cine (imagínense). Sólo les aconsejo: léanla, pero en cuarto o quinto lugar, cuando quieran leer a Perutz y ya hayan agotado lo demás y sólo les falte "¿A dónde vas, manzanita? y "De noche, bajo el puente de piedra".
jueves, 10 de julio de 2008
Sopa de pollo sin pollo. Tiempo de preparación: 2 siglos


Mi última lectura fue el excelente libro de Fernando Escalante, "A la sombra de los libros". Una de las ideas centrales consiste en evidenciar el hecho de que la incorporación de las editoriales a la industria del espectáculo ha modificado el tipo de libros que se editan, que se venden, que se ofrecen al público y, como corolario, el lugar que los libros ocupan en la vida pública. Se divide tajantemente entre lectores habituales y lectores ocasionales. El primer grupo es marginal, reducido, maniático e impredecible. Huelga decir que ninguna de estas características conviene a los grandes grupos editoriales, que buscan, como es natural, ventas masivas y rentabilidad de cada título. el segundo grupo casi no lee nunca; cuando lee, espera algo que le sea fácilmente comprensible. Una lectura que presuponga un sistema mínimo de referentes culturales está fuera de sus posibilidades. Lo malo es que el proceso se ha invertido. Ahora se busca un nombre suficientemente famoso (por razones que pueden tener que ver, o no, con la literatura, es lo de menos) como para firmar un libro y que la gente (el lector ocasional, el no lector) lo compre porque reconoce al autor, como una marca que le garantiza calidad en la mercancía.
Lo extraño es que esa manera de ser forma ya parte de nuestro sentido común. Cuando le comenté a un par de amigos mi intención de escribir un libro, uno de ellos me preguntó, entusiasmado: "¡Muy bien! ¿Y ya tienes quién te lo publique?". Lo primero que salta a la vista son las buenas intenciones de mi amigo, pues no quiere que el libro se quede como un engargolado eterno. Pero lo segundo, es lo natural de la pregunta; natural, insisto, porque ya forma parte de nuestra cosmovisión de la producción cultural y literaria, también de nuestro consumo. Pero es todo menos lógica. ¿Cómo podría interesarse una editorial por un libro que aún no se ha escrito? Si uno es de los pocos "consagrados", es bastante fácil. El nombre garantiza (teóricamente) que será un buen libro o, en todo caso, un libro que permita recuperar la inversión hecha en la edición más una importante utilidad para la empresa.
Me recuerda, en cierto sentido, a un contrato de compra de esperanza. Pago una suma fija por lo que resulte de tu cosecha de rábanos; puedo ganar (si es mejor de lo que paga esta suma previa convenida) o perder (si a tu cosecha se la lleva la chingada, o una inundación, igual recibiste el pago, de cualquier modo, tu venta está asegurada). Como dice el maestro Escalante, suena razonable, pero al trasladar este tipo de lenguaje a los libros, sentimos una especie de mal sabor de boca, de comezón moral. Así es.
Volvamos al punto. Lo interesante es la naturalidad con la que se espera que un libro que sólo tiene forma en la cabeza del autor tenga ya a alguien interesado, ya no digamos en leerlo, sino en editarlo y venderlo. El problema central de la globalización literaria es que, aunque aparentemente aumenta la oferta (ahora es más fácil y barato publicar, física o virtualmente, y este post es una muestra), la supercarretera de basura vuelve invisibles a casi todos, independientemente de la calidad, porque un libro sin un aparato publicitario detrás, y sin un lugar en la mesa de novedades, comercialmente, no nace vivo ni viable. No para la mayoría, y esa mayoría es la que dirige, democrática o lastimosamente, los criterios con que una editorial publica o rechaza un manuscrito. Tough luck. Les recomiendo el libro del maestro Escalante; no está en la mesa de novedades, así que busquen bien.
Lo extraño es que esa manera de ser forma ya parte de nuestro sentido común. Cuando le comenté a un par de amigos mi intención de escribir un libro, uno de ellos me preguntó, entusiasmado: "¡Muy bien! ¿Y ya tienes quién te lo publique?". Lo primero que salta a la vista son las buenas intenciones de mi amigo, pues no quiere que el libro se quede como un engargolado eterno. Pero lo segundo, es lo natural de la pregunta; natural, insisto, porque ya forma parte de nuestra cosmovisión de la producción cultural y literaria, también de nuestro consumo. Pero es todo menos lógica. ¿Cómo podría interesarse una editorial por un libro que aún no se ha escrito? Si uno es de los pocos "consagrados", es bastante fácil. El nombre garantiza (teóricamente) que será un buen libro o, en todo caso, un libro que permita recuperar la inversión hecha en la edición más una importante utilidad para la empresa.
Me recuerda, en cierto sentido, a un contrato de compra de esperanza. Pago una suma fija por lo que resulte de tu cosecha de rábanos; puedo ganar (si es mejor de lo que paga esta suma previa convenida) o perder (si a tu cosecha se la lleva la chingada, o una inundación, igual recibiste el pago, de cualquier modo, tu venta está asegurada). Como dice el maestro Escalante, suena razonable, pero al trasladar este tipo de lenguaje a los libros, sentimos una especie de mal sabor de boca, de comezón moral. Así es.
Volvamos al punto. Lo interesante es la naturalidad con la que se espera que un libro que sólo tiene forma en la cabeza del autor tenga ya a alguien interesado, ya no digamos en leerlo, sino en editarlo y venderlo. El problema central de la globalización literaria es que, aunque aparentemente aumenta la oferta (ahora es más fácil y barato publicar, física o virtualmente, y este post es una muestra), la supercarretera de basura vuelve invisibles a casi todos, independientemente de la calidad, porque un libro sin un aparato publicitario detrás, y sin un lugar en la mesa de novedades, comercialmente, no nace vivo ni viable. No para la mayoría, y esa mayoría es la que dirige, democrática o lastimosamente, los criterios con que una editorial publica o rechaza un manuscrito. Tough luck. Les recomiendo el libro del maestro Escalante; no está en la mesa de novedades, así que busquen bien.
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