lunes, 23 de junio de 2008

Sobre Retrato de un joven malvado


La primera vez que me acerqué a este libro, tuve que botarlo a las quince páginas. Yo tenía 20 años, y este es un diario (supuesto diario, memorias prematuras, onanismo biográfico, no lo sé) que describe las vivencias y divagaciones del proceso de formación de Francisco Umbral como escritor. Es extraño que sus obras de madurez me hayan parecido mucho más accesibles, aunque este diario, cuando uno le ha agarrado el ritmo y el modo, es adictivo como una novela y lírico como un poema larguísimo.
De vez en cuando tuve la impresión de estar leyendo el mero fluir de conciencia del autor, que siempre peca (como diría un brillante amigo) de descuidado, de soberbio, porque no discrimina ideas, no escatima palabras y acaba repitiéndose. Dicen que un autor siempre se acaba repitiendo, pero lo ideal es que por lo menos no sea dentro del mismo libro.
Estoy siendo injusto con Umbral, magnificando los pecados veniales en una obra que, en su integridad, me parece llena de vida, de lenguaje lúdico y agudo, de reflexiones que hacen estremecer a cualquiera que haya soñado con la idea de ver su nombre en una portada. Y quizás esta devalorización injusta y arrogante es la mejor prueba de que el libro me dejó una marca. Por que así es Umbral. Su ironía se mezcla con un gusto por lo escatológico, por lo caótico y, paradójicamente, por el detalle. Cada cuando, este madrileño enojón e insolente rinde tributo con su propia prosa (no sé si voluntariamente), a los preciosistas que tanta risa le causan.
Al final, hay cosas que no creo olvidar en mucho tiempo, como que un autodidacta es un patán que ha leído el Quijote, que la literatura, por gratuita, se inscribe lejos de toda racionalidad saludable, que lo malo de las mujeres es que tienen historia y la cuentan, y que el domingo es el día de la semana donde le cambian el agua a la pecera de la vida y todos nos ahogamos en seco. Por si las dudas, lo escribo.

No hay comentarios: