domingo, 29 de junio de 2008

Mientras agonizo (pero de ganas por una cerveza)



La final de la Eurocopa ha causado, si no demasiada expectación, sí bastante más que la lastimosa farsa de hace cuatro años. El sólo hecho de que Grecia hubiera llegado a una final jugando el fútbol pantanoso de un italiano sin corazón ni talento, ya era suficiente desgracia. Que ganara el trofeo que representa al soccer de mayor calidad en el mundo (sí, por encima del mundial, que es más una celebración de la representatividad global, e incluye, por esto, a países verdaderamente ahistóricos) fue como un chiste mal contado.
La batalla entre España y Alemania tiene mucha más dignidad, algo de historia, y algo de simbolismo para quienes vemos en los deportes algo de instintivo y nacionalista, y en estas dos características, la esencia que los hombres transmiten, quièranlo o no, a su progenie.
La selección alemana se ha caracterizado siempre por una mentalidad de hierro, una tenacidad física y psicológica que puede superar las condiciones más adversas. El equipo germano superó en dos finales de campeonato mundial, respectivamente, a la legendaria Hungría de Ferenc Puskas y a la gran Holanda de Johann Cruyff. Lo interesante es que ambos equipos habían propinado a Alemania (a esa misma Alemania) sendas goleadas en partidos anteriores a la disputa por el campeonato.
Pero los alemanes se crecen en el momento de la verdad (siempre y cuando no hablemos de guerras mundiales, pero esa es la excepción que pone a prueba la regla). Decir que España es la "furia roja" y que sentimentalmente merece ganar por que siempre que trae buen equipo se va a las regaderas temprano y que Alemania va a ganar, porque tiene más experiencia en finales y "qué caray, otra vez, nadie creía en ellos y ve, otra vez llegaron a la final" sería sumarme a una avalancha de lugares comunes bastante idiotas.
Mejor invito a quien lee a recordar el Guernica de Picasso, con el toro en el fondo incólume a la catástrofe, que representa ni más ni menos que la nación española, a quien no pueden doblegar las avasallantes derrotas ni los bombardeos más cobardes, y por otro lado, la manera en que los alemanes se las ingenian para hacer filosofía, máquinas confiables, tiernos juguetes de colección, y palabras que los vuelven interesantes, intrigantes, intraducibles. Todo mientras se regeneran de una o varias capitulaciones totales. Y también están los goles.
Si vemos un poco de lo anterior en ambos equipos, no me importa el marcador.

lunes, 23 de junio de 2008

Sobre Retrato de un joven malvado


La primera vez que me acerqué a este libro, tuve que botarlo a las quince páginas. Yo tenía 20 años, y este es un diario (supuesto diario, memorias prematuras, onanismo biográfico, no lo sé) que describe las vivencias y divagaciones del proceso de formación de Francisco Umbral como escritor. Es extraño que sus obras de madurez me hayan parecido mucho más accesibles, aunque este diario, cuando uno le ha agarrado el ritmo y el modo, es adictivo como una novela y lírico como un poema larguísimo.
De vez en cuando tuve la impresión de estar leyendo el mero fluir de conciencia del autor, que siempre peca (como diría un brillante amigo) de descuidado, de soberbio, porque no discrimina ideas, no escatima palabras y acaba repitiéndose. Dicen que un autor siempre se acaba repitiendo, pero lo ideal es que por lo menos no sea dentro del mismo libro.
Estoy siendo injusto con Umbral, magnificando los pecados veniales en una obra que, en su integridad, me parece llena de vida, de lenguaje lúdico y agudo, de reflexiones que hacen estremecer a cualquiera que haya soñado con la idea de ver su nombre en una portada. Y quizás esta devalorización injusta y arrogante es la mejor prueba de que el libro me dejó una marca. Por que así es Umbral. Su ironía se mezcla con un gusto por lo escatológico, por lo caótico y, paradójicamente, por el detalle. Cada cuando, este madrileño enojón e insolente rinde tributo con su propia prosa (no sé si voluntariamente), a los preciosistas que tanta risa le causan.
Al final, hay cosas que no creo olvidar en mucho tiempo, como que un autodidacta es un patán que ha leído el Quijote, que la literatura, por gratuita, se inscribe lejos de toda racionalidad saludable, que lo malo de las mujeres es que tienen historia y la cuentan, y que el domingo es el día de la semana donde le cambian el agua a la pecera de la vida y todos nos ahogamos en seco. Por si las dudas, lo escribo.