jueves, 10 de julio de 2008

Sopa de pollo sin pollo. Tiempo de preparación: 2 siglos



Mi última lectura fue el excelente libro de Fernando Escalante, "A la sombra de los libros". Una de las ideas centrales consiste en evidenciar el hecho de que la incorporación de las editoriales a la industria del espectáculo ha modificado el tipo de libros que se editan, que se venden, que se ofrecen al público y, como corolario, el lugar que los libros ocupan en la vida pública. Se divide tajantemente entre lectores habituales y lectores ocasionales. El primer grupo es marginal, reducido, maniático e impredecible. Huelga decir que ninguna de estas características conviene a los grandes grupos editoriales, que buscan, como es natural, ventas masivas y rentabilidad de cada título. el segundo grupo casi no lee nunca; cuando lee, espera algo que le sea fácilmente comprensible. Una lectura que presuponga un sistema mínimo de referentes culturales está fuera de sus posibilidades. Lo malo es que el proceso se ha invertido. Ahora se busca un nombre suficientemente famoso (por razones que pueden tener que ver, o no, con la literatura, es lo de menos) como para firmar un libro y que la gente (el lector ocasional, el no lector) lo compre porque reconoce al autor, como una marca que le garantiza calidad en la mercancía.
Lo extraño es que esa manera de ser forma ya parte de nuestro sentido común. Cuando le comenté a un par de amigos mi intención de escribir un libro, uno de ellos me preguntó, entusiasmado: "¡Muy bien! ¿Y ya tienes quién te lo publique?". Lo primero que salta a la vista son las buenas intenciones de mi amigo, pues no quiere que el libro se quede como un engargolado eterno. Pero lo segundo, es lo natural de la pregunta; natural, insisto, porque ya forma parte de nuestra cosmovisión de la producción cultural y literaria, también de nuestro consumo. Pero es todo menos lógica. ¿Cómo podría interesarse una editorial por un libro que aún no se ha escrito? Si uno es de los pocos "consagrados", es bastante fácil. El nombre garantiza (teóricamente) que será un buen libro o, en todo caso, un libro que permita recuperar la inversión hecha en la edición más una importante utilidad para la empresa.
Me recuerda, en cierto sentido, a un contrato de compra de esperanza. Pago una suma fija por lo que resulte de tu cosecha de rábanos; puedo ganar (si es mejor de lo que paga esta suma previa convenida) o perder (si a tu cosecha se la lleva la chingada, o una inundación, igual recibiste el pago, de cualquier modo, tu venta está asegurada). Como dice el maestro Escalante, suena razonable, pero al trasladar este tipo de lenguaje a los libros, sentimos una especie de mal sabor de boca, de comezón moral. Así es.
Volvamos al punto. Lo interesante es la naturalidad con la que se espera que un libro que sólo tiene forma en la cabeza del autor tenga ya a alguien interesado, ya no digamos en leerlo, sino en editarlo y venderlo. El problema central de la globalización literaria es que, aunque aparentemente aumenta la oferta (ahora es más fácil y barato publicar, física o virtualmente, y este post es una muestra), la supercarretera de basura vuelve invisibles a casi todos, independientemente de la calidad, porque un libro sin un aparato publicitario detrás, y sin un lugar en la mesa de novedades, comercialmente, no nace vivo ni viable. No para la mayoría, y esa mayoría es la que dirige, democrática o lastimosamente, los criterios con que una editorial publica o rechaza un manuscrito. Tough luck. Les recomiendo el libro del maestro Escalante; no está en la mesa de novedades, así que busquen bien.

1 comentario:

- Sánchez Villa - dijo...

Lo mejorcito de este texto es la recomendación de Fernando Escalante; sin embargo, yo confío en que alcances pronto tus niveles de redacción normales prontamente, ¡ja, ja!